3 de enero del 2024
Distracciones varias me han alejado de tomar notas relevantes de mi transitar.
Intenciones tendré.
Una de ellas, reducir tiempo en redes.
Estos días he estado muy metida.
He jugado con filtros.
Una pérdida de tiempo.
Algo tan inútil que sólo entretiene un rato.
Verse transformada en lo que no eres cuando te miras en el espejo.
Ni siquiera encontrarte, en esa imagen pasada que construiste, a través de la memoria que dibuja, lo que sólo ocurre en instantes incontrolables.
Este tránsito, de festejos y rituales, lo he vivido en positivo.
Son nueve años, el tiempo entre recuerdos helados de mi orfandad. En febrero dejó estas cuitas. Mamá queda en muchos reflejos que me llevan a pensarla y nombrarla.
Su cuerpo carne se disipa. Se contrae. Se transforma sin testigos.
Un nicho que le quitarán al cabo del plazo que no estará en mi mano evitar. Sus padres descansan para la eternidad. A ella la moverán, si nadie lo impide.
Dentro de ese plazo no se es polvo. Habrán crecido las uñas y cabello escaso. En un ataúd cerrado y encerrado.
No hubiera querido pasar por crematorio. Lo rechazaba.
No sabemos nada de lo que acontece en esa esencia llamada alma. En ese ser que dejó de estar para nuestro ir y venir en el desgaste temporal.
Cuando volví a la casa, dejando su cadáver en la soledad, pensé en en una estrella que ubicaba desde una ventana de la que, tras la muerte de papá, dejó de ser un lugar en el que estar.
Dejé la casa. Dejé la ciudad. Dejé la tierra que con ellos pude pisar.
Nada permanece.
Todo se va.
De prestado.
Los huesos siguen años y años.
Las ciudades con sus edificios y calles, aplastan y cubren.
La vida se va y renueva.
El crimen acelera ciclos.
Muerde allí donde puede y le dejan.
No sólo en ataque directo.
Lo hace por dejadez y descuido, creando barreras y vallas infranqueables para los nadie que son mero accidente en éste estar,
Los hijos que no tuvimos.
Tu muerte espera la mía.
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