10 de enero
Dejé atrás.
Mi cuerpo.
Mi mente.
Mi alma.
Digo ser yo.
Pero no soy.
No aquella que soñaba con un futuro intangible que hoy no sé identificar.
Hay un documento que me reconoce.
Una firma y una huella en mi piel.
El tiempo de ayer se quedó con quien fui.
Reviso el rastro que dejé en papeles fortuitos.
En agendas que están en cajones, o de las que guardo hojas sueltas, en las que escribí o dibujé.
También en algún libro.
Entre sudokus.
En esas notas de móvil.
Móviles que almaceno.
Discos duros y lápices de memoria.
En CD’s y DVD’s.
En un caos que acumulé.
Gravé mi voz.
Escribí sobre lo escrito, diferenciando en renglones cruzados.
Hice anotaciones sobre manteles y servilletas de papel.
Idealicé que tras mi muerte, todo lo mío quedara en cenizas.
Que entre una multitud de la cadena del ser a nadie más llegaría.
No debo exigirlo.
Saltaran por los aires tantos recuerdos.
Todo irá yendo a ojos que no ven.
Demasiado lastre acumulé.
Y aún sigo.
Ocupo el espacio expandiendo sobre él.
No me basta lo elemental y básico.
Me arropo con música y libros.
Remiro retratos y todas las huellas que he ido dejando.
Me escucho y veo sabiendo que vengo de un renacer tras otro.
Apuntó recuerdos, como si con ello llegara a ser.
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