16 de diciembre
Mi madre no hubiera aprobado que le hiciera fotografías.
Su desnudez ante mí me las sugería, pero sabía que ella no quería algo así.
Su percepción fotográfica era festiva.
Quería dejar su mejor reflejo.
Cuando la lavaba en la ducha se entregaba a mis cuidados.
Mi padre también.
Hice vídeos y fotografías que miro para no perder su reflejo.
A veces, la lágrima me asalta al descuido.
Recuerdo sin ir a ese rastro visual que quise atesorar.
No lo pude evitar.
Hice las últimas en cuerpo presente.
No sé dónde están.
No las he revisado.
Supongo que en tarjeta de memoria.
Después quedaron en nichos distintos.
Sus huesos allí.
Ellos en mí.
Decían que se casaron en diciembre.
No tengo precisión del día.
Celebramos sus bodas de oro.
Eran mi tesoro.
Ahora me queda adherir mi memoria fugitiva en letras que la transcriban.
Desde su partida, mi vida se simplifica.
Nada ocupa el vacío.
Nadie es sustituible.
Perder a los padres me deja huérfana de por vida, aunque peine canas y los setenta, si nada lo impide, me alcancen.
No quiero un final de dependencia.
Querría alejarme igual que en la noche el sueño me da alcance.
Valerme.
Mamá eso quería.
Papá decía no querer sufrir.
Aceptaba morir.
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