El gato negro
Difícil reconstruirlo en mi memoria.
Allí iba a buscar vino. Una botella vacía que me llenaba Eulogio, creo que así se llamaba. Vivían él, su mujer y su hija, en las Tenerías. Eran vecinos. De sus tebeos disfruté. Posteriormente se trasladaron a la vivienda de encima del bar. No sé si sigue abierto. Su hija, Marisa, era la más pequeña de todas nosotras. Estaba Maribel, Angelines y Ederlinda. Jugábamos todo el día. En la calle o en nuestro patio. Las otras vecinas eran casadas o solteras jóvenes. Vecinos jóvenes y niños. Mi hermano.
Recuerdo la barra a la izquierda, y poco espacio. Habría mesas y sillas. Pocas. Era una tasca.
Ese litro, una peseta, que muchas veces llevé en perras gordas, diez céntimos. La perra chica era de cinco. Grises.
Nuestras monedas, de entonces, perra chica y perra gorda, dos reales, agujereada, peseta, otra mayor de dos cincuenta, el duro.
Había peseta y cinco pesetas en papel.
A mis catorce años, estando en Lérida con mis tíos y primos, en verano, mi padre me mandó el de cinco en la carta que recibí después de haber soñado que se moría. Lloraba tras ese sueño, y mi tía Paca me dijo que le daba más años de vida. La carta me consoló.
Mi tía terminó sus días con Alzheimer. En una residencia. Mi tío Pascual, el segundo de los hermanos de mamá, hermanastro, hijo de la primera mujer de mi abuelo, se fue a la residencia con ella.
Ni mis tíos, ni mis primos viven.
De mis primos sé que hay descendencia, pero no tengo contacto.
Cuando quise tenerlo supe que mis primos no estaban ya y desistí de comunicarme.
Mantengo contacto con el hijo de la prima, hija del mayor de los hermanos. Él me mantiene al día.
Así es la memoria. Tiras del hilo y van saliendo recuerdos.
Empieza el domingo. 10 de diciembre, 1:09
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