martes, 28 de noviembre de 2023

28 de noviembre (IV)

 28 de noviembre (IV)

¡Ay el sistema!

Impersonal.

Ilocalizable.

Invisible porque estamos dentro y no podemos hacer un zoom y mirarlo desde fuera, y ver sus pros y sus contras.

Otros sistemas pasaron.

Los hay que los miran con nostalgia.

Yo no.

No quise ser mi madre, aunque me aproveché de que fuera ella y no otra. Era incondicional. Entregada.

No quise ser la abuela Carmen.

Menos, la otra, a la que debo el nombre y me cuesta pensarla como mi abuela, porque mi padre la perdió con once años, en la más cruda realidad.

Esas mujeres familiares y vecinas.

Desde ésta distancia resignifico.

Vuelvo a mirar ese sistema que envolvió la niña que fui.

Y las miro a ellas.

Más atrás sólo algún comentario o fotografía familiar. Escasas.

Hoy tomamos constancia en todo momento.

En mi casa el único libro era el devocionario que alguien le regaló a mamá, al que fuimos sumando los libros escolares, de mi hermano y míos.

Tuve acceso a otros. En la casa de mis tíos de Huesca y en la de los de Barcelona. El baúl que guardaba libros, seguramente prohibidos, en el taller de un vecino menor que yo, con el que jugaba a menudo. Su tío, que era un manitas, había pasado por una trepanación. Le hacía juguetes de madera, con ruedas, y nos enseñaba un motor de avión en tamaño pequeño.

Pensaba que lo que mis ojos veían era el rastro de una ideología mancillada, porque con el tiempo esos libros me hablan.

Un modelo lector, de siempre, fue el abuelo de esa casa, que se sentaba a la puerta de la nuestra leyendo novelistas de vaqueros que se cambiaban en el kiosco por un módico precio.

Para mí leer era un placer. Lo es.

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