Mamá se fue a Huesca. A servir. Por propia iniciativa. Siguiendo la estela marcada por sus amigas.
Tras sus hermanos, ella la mayor de las tres chicas, asumió tareas cotidianas en lo doméstico. Ir por agua. Fregar. Lavar. Quitar el polvo. Cuidar de todos. Incluso de un tío, al que hacía la cama y limpiaba el dormitorio.
Su madre, mi abuela, lo aceptó a regañadientes. En una de las casas en que se ofrecía, le dijeron que era demasiado pequeña, y mi abuela contestó que a ella le hacía mucho papel.
A mamá le quitaron de ir a la escuela muchas veces, porque la necesitaban en casa.
En los tiempos de sirvienta aprendió corte y ganó amistades.
Se conoció con papá y él fue su único amor.
La tarde anterior a su muerte me dijo que se habían querido mucho, mientras yo miraba marchar a papá acompañado por C, una chica que los estaba atendiendo desde que a ellos les hizo falta, como interna.
Mamá le enseñaba y eso le gratificaba.
Una neumonía hospitalaria le cortó el hilo vital, la madrugada del 2 de febrero.
Después de su cena, marché a casa, para estar con papá. A ella le acompañaría una mujer, hija de la que hacía algunas tareas complementarias en la casa, y sustituciones. No pasó por mi mente que mi reencuentro después de unas horas sería con ella de cuerpo presente.
Con papá fue distinto. Se fue cuando yo lo tenía sujeto, abrazado, para que lo metieran en cama después de comer, en el hospital.
Los dos marcharon en el mismo hospital en que yo vine a este mundo.
A papá lo sacaron de la escuela y lo entregaron a la servidumbre, para coger unas pocas monedas.
Cuando murió si madre no pudo ir a verla ni acompañarla.
Eso ocurrió en un tiempo duro y sangriento.
Ni mi madre, ni mi padre, tuvieron lances de ideologías. Aceptaban su condición. Se esforzaban por salir a delante. Luchaban por vivir y superar sus dificultades.
No lo tuvieron fácil. Juntos, se levantaron de muchos momentos difíciles.
Agradeceré siempre haber tenido estos padres.
No fue siempre, el mundo hizo que infravalorara mi condición, que me sintiera menos ante personas que lo tenían fácil.
Fui una niña que ayudó en las distintas tareas, de casa y de lo que ocupaba a mis padres.
Estudié porque mi madre fue exigente, y no me permitió dejar de lado el esfuerzo.
He dedicado mi vida profesional a la enseñanza. Ella estaba orgullosa.
Hoy, escuchando una jota la congoja me ha arrastrado a recordarla en la voz de mi madre.
Pasan los años y el duelo renace.
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