Persisten recuerdos
Fumar
Tabaco.
Pendientes.
No los llevo. Mi abuela decía que una mujer sin pendientes era como un aparador sin fuentes. Ella tenía dichos para todo.
Dejé de fumar. Por mi cuenta. Recaí con control. Cambié de tabaco negro a rubio.
Era el curso 81-82 en el Cascabel. Mis compañeras fumaban cuando tomábamos un café. Nos agenciamos una cafetera y en un espacio reducido, de una prefabricada en terrenos de frontera, entre Barcelona y San Adrián del Besos, en la que elegí impartir clases a un primero de EGB.
Con ese café apetecía un cigarro. Me lo daban. Rubio. Quise corresponder y acabé comprando paquete diario. Lo volví a dejar, años atrás. No recuerdo con exactitud. En ese periodo la marca elegida fue Fortuna. En la siguiente recaída fueron los Camel.
Al fin lo conseguí. No había prensa en contra. Elegí. Era quemar el dinero. Así me lo planteé.
Recuerdo que en la desintoxicación mi cuerpo cogió resfríos y alergias.
Ex fumadora.
Mi madre, que no fumó nunca, lo fue pasiva.
Leía y tenía el cigarro encendido. Estudiaba, y también. Contaminaba el espacio familiar y llenaba ceniceros.
Dando clases, nunca fumé en él aula. Salía al patio, y sí.
Empecé a trabajar en Barcelona en el 76.
Estando mamá hospitalizada compré mis últimos pendientes. De oro. Mis orejas no soportaban otros metales que no fueran oro o plata. Lo hice para que me viera con ellos. Cuando la enterraron dejé de ponerlos. Ni siquiera soportaba mi piel su contacto. Somaticé. Supongo.
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