Comentario. 16 de noviembre
La letrina, en mi casa, cuando nací, no era un water o inodoro, era una madera situada a cierta altura con un agujero que iba a parar a un patio o corral, donde se unía al montón de paja, cama de las vacas, que se renovaba dos veces al día, tarea que hacía mi padre o un señor que le ayudaba y vivía en una habitación con ventana a la fachada, situada fuera de nuestra vivienda, en la que posteriormente ensayaban los Makois, grupo musical que promovió mi primo con mi hermano y un grupo de amigos. Tengo recuerdos muy confusos, que pueden serlo de mi memoria o de lo que se explicaba de esos cincuenta en que nací. Debajo de la cama teníamos un orinal, para la noche, que se vaciaba directamente en esa letrina. Posteriormente se puso una taza de water y un lavabo. El agua era de nuestro pozo. Subía a dos depósitos y bajaba a suministrar en aseo y cocina. Nos bañábamos por partes en la cocina. No conocí bañera con ducha hasta que nos fuimos al piso, en mis 16 años. Conocí la ducha en casa de mis tíos de Barcelona. Allí solía pasar un mes de verano. Mi madre me llevaba y en agosto volvía con mis tíos. Mis primos se fueron añadiendo con el tiempo. Esa convivencia fue determinante. Cuando empecé a trabajar en docencia lo hice en Barcelona porque aquellos veranos fueron maravillosos.
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